domingo, 16 de diciembre de 2012

La habitación de estos días.

Palpo el vacío, pero mi habitación contiene aún partículas de tu piel.
La ausencia me sonríe de pronto, cuando la ansiedad teje un manto con su sombra.
No le temo a este hueco infinito que germina entre el espacio que forjan las paredes,
Pues, tengo tu nombre, tengo tus ojos impregnados en la sangre. 

Respiro la brisa de vuestra vida cada mañana y el silencio de tu sueño por las noches.
La magnitud de este cuarto sin vos juega naipes con mi debilidad,
Mientras la energía y la fuerza danzan compenetradas abriendo mi pecho.
Yo no temo, pues los segundos que respiro son los mismos que ahora respiras.

 **
 

viernes, 14 de diciembre de 2012

Máscara Femenina




*
Desnudo mis deseos, como cuando desnudo mi lencería barata hacia vos.
La lanzo sobre la cama, sin cuidado, con hambre de carne y calor. No tengo ganas de alardear por la palabra bella sobre el Olimpo que hoy no me apetece enunciar.
Te estoy mirando en la huella que deja tu ausencia, y te digo:
No sé hasta dónde llegue tu palabra, tu aliento. ¿Dónde guardo el deseo de la felicidad?
Lo sé, me tengo que moldear, la realidad es obstinada, las cosas no son realmente bellas y que la vida endurece, llena de callos y heridas los pies; el alma.
Pero de pronto sucede que me canso de ser la hembra ansiada, la hembra alfa envuelta en el simulacro de temperamento y decisión, lo suficientemente madura como para afrontar la puta vida enmarcada en razones y pertinencia, con estilo y aires de rebeldía, de “mente abierta”, de “hay cosas más importantes”. A veces quisiera tener 15 y seguir imaginando que mis veintitantos serían diferentes.
Estoy cansada de prender un cigarrillo y mirar desafiante, estoy algo exhausta de pretender una conversación interesante y asumir proposiciones con complejo de verdades universales.
No me gusta ver como deshacen en mí los prejuicios que abundan en la figura femenina. Digo que detesto a las mujeres, pero siento que soy más hembra que otras, pero se me cansó el cuerpo, el objetivo.
¿Podrás comprenderlo?
No quiero palabras complacientes, estoy débil, pero sigo aquí. Te he acompañado siendo fiel a la figura aguerrida que llevo a cuestas, pero me ahogo, mientras me siento en una silla sin patas.
Tú cuerpo se vuelve sin soporte, te has acostumbrado a la seguridad que rodea mi nombre.
Pero sabes, hoy no tengo un piso en el cual arrodillarme, en donde apoyar los muebles. Tengo tierra, tengo más tierra que nunca, estoy cada vez más humana, primigeniamente quebrantable, acaso más natural. Hoy quiero ser débil, quiero ser mujer histórica.
Quiero tu materialidad, no la palabra, ni el proyecto, ni las figuras fuertes. No quiero la puta vida en su capricho, ni los días en carpe diem. Sólo enuncio con urgencia la necesidad de refugiarme en vos, donde habita vuestro ser sin tiempo, apagar los deseos, los mañanas, los pasados, las canciones, la gente, con sus buenas y malas intenciones, las denominaciones, los “deber ser”, los parámetros atractivos.
Hoy quiero llorar, sentirme la masa femenina que llora por las noches sin que la vean.

Me cansé de esta puta mierda.
Me libero de la máscara.
Esperándote sin ella, sólo con mi rostro húmedo, te acepto esta noche. 


*

Lila A.

domingo, 7 de octubre de 2012

Ahora.

No quisiera que lloviera


"No quisiera que lloviera
te lo juro
que lloviera en esta ciudad
sin ti
y escuchar los ruidos del agua
al bajar
y pensar que allí donde estás viviendo
sin mí
llueve sobre la misma ciudad
Quizá tengas el cabello mojado
el teléfono a mano
que no usas
para llamarme
para decirme
esta noche te amo
me inundan los recuerdos de ti
discúlpame,
la literatura me mató

pero te le parecías tanto."

*

Cristina Peri Rossi

sábado, 29 de septiembre de 2012

Hábitat

*
No, ya no extraño con olor a flor marchita
extraño con resina y ceniza de mi pecho.
Extraño mirando al cielo, esperando el escupitajo,
Extraño como sin deseo, como sin aguardo.
Escuchando un tango roído, extraño sencillamente el nombre,
La piel, la boca, el calor de un mes florido.
Pero no extraño con el abatimiento de altamar,
Ni  con el dolor purulento de horas en vela.
Extraño con pellejo cansado, con los pies heridos.
Extraño con la desesperanza de una melodía olvidada,
De un charco seco, de un niño taimado.
De una madre amargada, de un hombre vagabundo.
Con la melancolía de un aniversario de muerte,
De una fiesta sin gente, de un cumpleaños maduro.
Extraño con la mente, con el pensamiento.
No extraño como ayer, con el alma y el aliento.
Extraño lentamente, consciente, en un mar quieto.
Ya no extraño con la sangre hirviendo,
Ni con el sueño permanente del regreso, del renacer.
Extraño con la frialdad de un sobreviviente de guerra,
de una mañana de domingo con trueno y lluvia,
De un juez proclamando la sentencia.
Extraño con la seriedad de un hombre abatido,
Con el ceño fruncido; extraño con detención,
Con la mirada hacia el cemento sucio.
Extraño silente, extraño triste, pero extraño fuerte,
Extraño sin horizonte, sin camino, sin amaneceres.
Extraño albergando la ausencia, soslayando la espera.


**
Lila Andelizha

domingo, 23 de septiembre de 2012

Soy la Tarde, Espero la Noche.



***

Tengo la piel cansada del atardecer.
Siempre se atardece mi vida.
El sol es caprichoso y la noche sinuosa
Se van llevando lo mejor de mi alma

Los días se atardecen, los árboles susurran

Se dice que de mí nace una tarde eterna,
Un rondó infinito sin el sol
Las manos enterradas en la oscuridad

Estoy inundada de atardeceres

Un constante devenir a media luz.
Se asoman el horizonte, las luciérnagas
El pellejo se marchita nocturno

La ventana amanece atardecida

No conozco la mañana, menos el día
Tengo tardes, tengo noches
Se humedecen mis sentidos en la tarde

La tarde me lleva la vida

Nunca transito en el largo día.
Una puesta de sol inquebrantable
Hace de mí un sonido estremecido.


*
Lila A.

jueves, 30 de agosto de 2012

El Último Tango de Viernes



*
Culmino mi viaje en la estación con el nombre emblemático. El metro está siempre hirviendo, y los ojos de los pasajeros se entrecruzan por los cristales de las ventanas y puertas. Universidad de Chile, Calle San Diego. Cerca de las 18:00 hrs. Camino agitada, se me hace siempre tarde en esta ciudad. Tacones medianos, caminar acompasado, un bolso lleno de papeles. Pienso en la clase que impartiré y se me cruzan las ideas creando un caos, sólo sé que lo que prima es la historia de la literatura. Siempre, pero siempre, a la misma hora, los mismos viernes aquellos, el viejo sujeto con sombrero de tela, se acurrucaba en la pared fría del Instituto Nacional. Tranquilo, apaciguado, lleno de melodías añejas, del tango humedecido en copas de barras tristes. Y es que me ponía algo triste escucharlo por esas tardes. Yo tan sumida en pensamientos y en  la clase, y él tan profundamente sumido en pensamientos y en la música. A veces quisiera sólo pensar en la música. Música para olvidar, para liberarse.

Recuerdo la primera vez que lo vi. Un tango grave rebotaba entre los cimientos de los antiguos edificios. Los hombres de las tiendas de libros se plasmaban en postales en sepia, medio olvidados, entre café y juegos de ajedrez improvisados. La música del hombre siempre detrás, complementaba la imagen eterna. Yo irrumpía la escena inmóvil, me miraban pasar, por esos días ya lo hacían con una cotidianeidad silenciosa, con esas miradas de reconocimiento, que quizás en algunos momentos sabían a sonrisa.

El hombre siguió allí, como cada viernes. Su sombrero de tela, su bandoneón malgastado, roñoso. Un pañuelo sucio junto a sus zapatos marrones, abrazando cada una de los pesos que el gentío tiraba casi por inercia al reconocer “por una cabeza” en el ambiente. La gente pasaba, yo pasaba, la melodía pasaba, el jaque mate sucedía, los libros se vendían, la hora avanzaba, los estudiantes esperaban, el tango fluía. A veces pensaba que ese hombre llevaba mucho tiempo allí. Más del que imaginé. Y el viejo, en aquella vereda de al frente, la que nunca pisaba, porque no me correspondía, teñía de su figura todo el concreto sucio y rayado. Quizás las paredes absorbían sus melodías.

Otro viernes, otro tango. Otro viernes más y creía yo que esto seguiría eternamente. Pero hubo un viernes, ese oscuro y lluvioso viernes en el que el hombre no estuvo. El ruido de las micros y la muchedumbre que con el aguacero se pone más ruidosa, atenuaron su vestigio y su recuerdo. Más yo lo pude recordar como siempre, y ya el tango imaginario no me produjo tristeza, sólo un vacío enorme frente al abismo que deja su figura ausente.

Hubo un evento especial el viernes que pasó. Iba yo caminado por la San Diego, y esperaba como siempre reencontrarlo, rehacer la escena que nos involucraba. Pero esta vez, el viejo no estaba sólo, pues un trío de muchachos jóvenes lo acompañaban interpretando “Caminito” con otro bandoneón, una guitarra y un violín. El sonido era exquisito, como si la juventud por medio de las notas le hubiera otorgado vida y expresión al viejo de los Tangos.  Observé que el viejo estaba de pie junto a ellos, levantándose por vez primera en nuestra relación de anónimos citadinos de su sillín roído. Un leve meneo en el pie marcada la síncopa del Tango viejo que reanimaba mi espíritu. Esta vez la tristeza se volvió canto, se tornó amarilla, alegre, con energía. Me detuve entre los quioscos verdes, llenos de libros, lleno de hombres pensando la siguiente jugada del ajedrez. Advertí que el viejo del sombrero me observó. O tal vez lo imaginé, pero sentí un verdadero hilo de energía que atravesó la calle hacia la vereda azulada de la que el hombre era dueño y señor. Y se me devolvía hermosa, en medio de los versos “desde que se fue, triste vivo yo, caminito amigo, yo también me voy…” Fue lo nuestro, fue la forma de saludarnos que siempre quedó en deuda, fue la palabra que nunca se dijo, el pensamiento que no fue compartido, la canción que no tarareamos. Sentí que éramos amigos, su imagen sincopada entre los tangos de la tarde, y la mía, acompasada entre la caminata apurada.

Pero este viernes, ¡oh Dios este viernes!  Viernes que fue y que desde él mismo nunca más fueron iguales los que vinieron. El viejo no volvió desde ese día. Jamás volví a escuchar su bandoneón añejo. La soledad pintaba de oscuridad y vacío la huella que dejó entre la pared y la vereda, la marca del pañuelo en el sueño que aún emanaba la miseria feliz de los pesos oportunos. La canción de amor que lloraba en esos instantes, ahora no fue más que un cúmulo de instantes evocativos, una estela de apego evaporado, de un lazo arrancado. Y mi caminar se ha vuelto  rápido y ominoso. Su ausencia inundó de gris y ruido la calle San Diego desde su inicio, y la melodía hermosa no fue más que un devenir trágico para mí, y un vacío inconsciente para los transeúntes. La calle aquella, desde entonces, me ha comenzado a inspirar un extraño dolor creciente, una reminiscencia asolada que desde ese viernes en adelante, teñiría todos los días con el mismo nombre de una melancolía cómplice. Sin embargo, aún estaba allí, aún puedo sentir su música, derramándose por las paredes y el concreto, melodías añejas que por la costumbre hermosa han vuelto poco a poco a florecer provocándome la nostalgia de siempre, pero ahora es una nostalgia diferente, pues ya no proviene únicamente de los versos propios del tango, pues ahora me la provoca  la dolida ausencia del viejo.

 Y así es como se fue el último tango de viernes.

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Lila Andelizha